
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas | 06 de septiembre de 2026
@ChiapasEnLaMira
Hagamos cuentas de una sola semana en Chiapas. Una mujer sin vid4 en el libramiento sur. Cuatro motociclistas levantados y t0rtur4d0s. Dos jóvenes bal3l4dos, uno de ellos un niño de trece años, en una cancha pública. Un carnicero de toda la vida, as3sinad0 y mutil4d0 por su propio inquilino. Un hombre desapar3cid0 tras salir en su motocicleta. Un comercio saqu3ad0 a unos pasos de Palacio de Gobierno. Un enfrent4mient0 entre grup0s a”4rm4dos en Cintalapa que dejó camionetas calcin4d4s y ponchallantas sobre la carretera rumbo a Tuxtla Gutiérrez.
Y mientras todo esto ocurría, el secretario de Seguridad del Pueblo, Óscar Alberto Aparicio Avendaño, seguía repitiendo en sus giras que «hoy tenemos seguridad», que Chiapas «avanza firme en el camino de la paz».
No es un problema de comunicación. Es un problema de honestidad. Porque hay una diferencia enorme entre gestionar la seguridad pública y gestionar la narrativa sobre la seguridad pública, y en Chiapas llevamos meses viendo cómo se prioriza la segunda sobre la primera.
Se presume el aseguramiento de vehículos, de armas, de cartuchos. Se organizan giras, ruedas de prensa, mensajes institucionales con la palabra «paz» repetida hasta el cansancio.
Pero ese discurso no calienta a la familia de la mujer hallada en el libramiento sur, no le devuelve la tranquilidad al n!ñ0 de trece años que jugaba en una cancha pública, y no explica por qué, a metros del propio Palacio de Gobierno, un negocio puede quedar vacío en una sola madrugada.
El patrón importa. No es un hecho por semana, son varios hechos de alto impacto ocurriendo de forma simultánea en distintos municipios: Tuxtla, Cintalapa, Teopisca. En Cintalapa, específicamente, h0mbr3s 4rm4dos protagonizaron un enfrentamiento contra elementos de la Fuerza de Reacción Inmediata Pakal, corporación que depende directamente de la propia Secretaría de Seguridad del Pueblo.
El saldo: vehículos inc3ndi4dos y ponchallant4s colocados como método de huida, mientras las autoridades estatales aún no emiten un reporte oficial sobre lo ocurrido. Eso no habla de incidentes sueltos, habla de una estrategia de seguridad que no está conteniendo nada, o que está mirando para otro lado mientras el cr!m3n org4nizad0 se reacomoda y «cali3nt4 la plaza» en los estados fronterizos del sur. Y frente a eso, la respuesta institucional sigue siendo la misma: comunicados con cifras de decomisos y frases hechas sobre «rostro humano» y «resultados reales».
Aparicio Avendaño no puede seguir administrando su cargo como si fuera una campaña de relaciones públicas. Es el responsable de coordinar la seguridad en todo el estado, incluidas las policías municipales que hoy están señaladas de t0rtur4r y m4t4r bajo custodia, como ocurrió con Leopoldo Vera Gutiérrez en Teopisca, y las corporaciones estatales que se enfrentan a grup0s 4rm4dos en carreteras como la de Cintalapa sin lograr una sola detención.
Es el mismo funcionario que sostiene que «la seguridad que hoy tenemos se cuida todos los días» mientras las carreteras se inc3ndian y las colonias entierran a sus vecinos. Un secretario de seguridad no se mide por cuántas veces repite la palabra paz en un evento, se mide por si la gente puede caminar tranquila por su colonia, dormir sin miedo y confiar en que, si algo pasa, el Estado va a responder y no a desaparecer.
¿CUÁNTOS MU3RT0S, DESAPARECIDOS, ENFRENT4MI3NTOS Y NEGOCIOS SAQUEADOS MÁS NECESITA ÓSCAR ALBERTO APARICIO AVENDAÑO PARA ENTENDER QUE LA PAZ NO SE DECRETA EN UN DISCURSO?
