Los altares levantados este año en las oficinas centrales y en el área de la Unidad Jurídica es una expresión de identidad y gratitud, una comunión entre la vida y la muerte donde el aroma del cempasúchil guía el regreso de los que amamos.

En el pórtico principal, las flores tejen un arco que simboliza el tránsito del alma. Las velas, encendidas con devoción, iluminan las fotografías de quienes sembraron su legado en la tierra chiapaneca. Cada elemento tiene voz: el pan representa la fraternidad, las frutas la generosidad del campo, el papel picado la fragilidad del existir y las veladoras la luz que vence la oscuridad.

La ofrenda, adornada con amarillos, morados y verdes, honra la labor de los hombres y mujeres del campo que con su esfuerzo alimentan a Chiapas. Es un tributo que une el pasado y el presente, un recordatorio de que la muerte no interrumpe la siembra, sino que la perpetúa en la memoria.

En este altar hay un eco de los abuelos que araron la tierra, de los ganaderos que velaron el hato bajo la luna, de los campesinos que madrugan entre neblinas. Aquí la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca convierte su espacio en un recinto sagrado donde la tradición respira, el maíz florece en los altares y el espíritu de México se renueva con cada flor y en cada vela encendida.

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